Lucas Ruiz

Fotography: Claus Jensen

[Svenska] [Lucas Ruiz]



INVARIABLEMENTE

A Paco Rubio y Mati

Me gusta mucho viajar en tren. Quizá en parte por mi educación machadiana, muy apegada a un recuerdo inventado, literario, que me transportaba imaginariamente por esos lugares de España en los que nunca estuve; quizá en parte, absorbido por una extraña fascinación por el tamaño y la eficacia de esas máquinas, tan pegadas al suelo, tan unidas a la historia de Europa, sobre todo a esta Europa septentrional y transparente, metáfora previsible de un progreso industrial que algunos creían ya superado. Tan viejas y tan modernas a un mismo tiempo. Tan románticas.
Cuando vivía en Málaga apenas había viajado en tren, más allá de una excursión algo esperpéntica y absurda que me llevó hasta la Estación de Francia en Barcelona. Estación de Francia, repito ahora, y me suena como un eco, un recuerdo desvaído e idealizado, juvenil, francamente machadiano.
Así que en cierta medida es una suerte vivir aquí, porque me he pasado más de la mitad de mi vida en Dinamarca viajando en tren. Ciento cincuenta kilómetros de Århus a Odense y otros tantos de vuelta han marcado un largo período de mi existencia en este país.

Una hora y cuarenta y cinco minutos en cada dirección en las que he tenido que aprender a prolongar el tiempo del sueño y del trabajo, convertir mi habitáculo, abierto a pasajeros somnolientos y desconocidos, hostiles a los saludos y las miradas, en una especie de habitación privada, mi dormitorio y mi despacho, donde según los días y las necesidades era, en ocasiones, el cuarto íntimo y oscuro donde dormía plácidamente, ajeno a las miradas de los desconocidos testigos; en otras, mi despacho, donde corregía trabajos, subrayaba notas, leía libros o escribía —con más dificultad que acierto— artículos que luego muy poca gente leería. A la vuelta, cansado ya del esfuerzo, el vagón se convertía en una salita de estar donde solía ver alguna película, leer alguna novela, escuchar música o simplemente dormir.
Los paisajes del trayecto de uno y otro tren —el inventado por mi infancia y el de mi presente irreal— eran distintos, más chatos y homogéneos, más sorprendidos en la vigilia del sueño éstos que ahora vivo; más elocuentes y falsos, más hermosos, aquellos que alguna vez creí divisar; la velocidad de éstos, mayor, comparada con el dulce traqueteo de aquellos trayectos que tal vez fingí, aunque pocas veces llegaron a provocarme el vértigo de no ver nada. Pero sobre todo, el mundo de seres que se arremolinaba con cierta distancia en torno a mí era sustancialmente otro, metafísicamente otro, más reales e indiferentes éstos que ahora sufro, como ensimismados o perdidos en su propia existencia. Un tren diferente al de los sueños de mi infancia, sin duda. Y sin embargo, estos dos trayectos se me superponen en mi memoria, se me solapan. Por eso se me han pegado al recuerdo con fuerza y obstinación y aunque hace ya algún tiempo que no viajo en esa ruta —que casi no viajo— me ha venido hoy a la memoria una de esas mañanas, cualquier mañana, de hace apenas dos años.

· · ·

Como cada día en los últimos ocho años me he levantado con fastidiosa precisión a las cinco y cuarto de la mañana. La casa estaba en silencio, los niños duermen, mi mujer se revuelve en la cama apurando la última media hora de sueño. El periódico dormita en el felpudo desde hace ya una hora.
Me he duchado con rapidez —desmintiendo todas las acusaciones que vierte sobre mí mi mujer—, me he puesto la ropa, a tientas y sin distinguir el color de la camisa o de los calcetines, con desinterés pero con eficacia —con mal gusto, apostilla con frecuencia mi hijo—, he cogido mi mochila con el ordenador y los libros para las clases, la agenda, la libreta y algunas fotocopias sueltas, he sacado mi bicicleta del sótano comunitario, le he puesto las linternas y me he apresurado, atravesando la oscuridad amarga de la noche, con desgana y disciplina, hacia la estación del tren. No queda muy lejos pero hay que pedalear rápido. El tiempo, como cada mañana, anda muy escaso, y no conviene distraerse. He llegado, he dejado mi bicicleta en el aparcamiento de bicis de la estación, he bajado por una de las escaleras exteriores que dan al andén —a toda prisa— y me he dirigido corriendo hacia mi vagón. El tren acaba de llegar.
En el andén 3, cerca de las escaleras automáticas, quietas y como viejas a esta hora del día, el vagón 91, el vagón que he tomado los últimos años, donde viajamos diariamente o con regularidad un pequeño grupo de personas que tiene su trabajo a gran distancia de su domicilio, nos espera allí, silencioso y discreto, con una sombra macabra de burla y familiaridad. Me fascina y me pasma su puntualidad. Me aturde y da vértigo su sola presencia cuando me paro a pensar que me he subido en él, dócil y lastimero, durante tantos años.
Son las 5.50, acabo de picar mi bonotrén y me dirijo como un sonámbulo a mi asiento, el mismo donde me he sentado aproximadamente los últimos ocho años. Ya hay algunos pasajeros acomodados, la mayoría desconocidos, viajeros de un día, con sus equipajes abultados y sus cafés recién comprados, empaquetados y humeantes. Son desconocidos, y siento que no les pertenece estar allí. Me he quitado el abrigo con parsimonia, siguiendo un rito establecido, después he sacado el ordenador, el cable para enchufarlo, la agenda, donde guardo también el bono del tren. Me he cerciorado de que la fecha y la hora marcadas en mi bonotrén se corresponden con exactitud con la de la agenda y mi reloj. He verificado que es viernes, 26 de febrero de 1999. He sentido alivio, como si me hubiera desprendido de una carga, de un temor. Ahora me puedo sentar tranquilo, todo está preparado para empezar el día: billete, trabajo, tareas, vagón… rutina.
Sobre las 5.55 han llegado, casi al mismo tiempo, los otros dos pasajeros con los que comparto secretamente el vagón: se trata de un oficial del ejército, con su uniforme, su boina verde y un maletín de piel marrón en el que guarda documentos que repasa con minuciosidad cada mañana; también ha llegado, apenas un minuto después, una chica joven de unos veintipocos años, oriental, quizá coreana; ella nada más sentarse se pone a leer uno de esos periódicos gratuitos que reparten por la estación, Metroexpress creo que se llama. A los dos los conozco, quiero decir, los reconozco cuando los veo. Con el oficial he compartido vagón los últimos seis años, con la chica coreana, los últimos cuatro. Ellos también me conocen a mí. En todo ese tiempo jamás nos hemos dirigido la palabra, nunca nos hemos saludado ni mirado directamente aunque nos observamos cuando creemos que los otros andan distraídos en sus ocupaciones o su descanso. Somos tres extraños que tienen una precisa pero superficial idea del otro: a qué hora se levantan, qué leen por las mañanas, qué ropa llevan, a qué se dedican… En cierta medida nos conocemos mucho más que la mayoría de la gente, pero ignoramos nuestros nombres, y evitamos el contacto. Somos compañeros de un extraño viaje a ninguna parte.
A veces el excesivo calor de la calefacción, o el traqueteo del tren, o el cansancio de un sueño interrumpido me hacen caer de nuevo, nada más iniciada la marcha, en una dulce modorra que al final me conduce a un sueño profundo y excesivo. En estados así imagino que el tren acelera aún más su velocidad y se precipita, sin perder el control, por una especie de sima interminable. Tengo la sensación de volar o de escapar —en los sueños estas dos acciones no las distingo— y que sonrío larga y perdidamente, con un placer prolongado, profundo, más bien ausente. En ocasiones encuentro a una mujer a la que nunca antes he visto. Es morena y más pequeña que yo. No recuerdo con exactitud sus rasgos, pero en el sueño tengo la certeza de poder reconocerla entre todas las mujeres del mundo.
El chico con la prensa y el café se acerca arrastrando un carrito estrecho. Me ha dado un pequeño empujón en el hombro y me ha sacado bruscamente del sueño. Lo interrogo con los ojos. Él, con corrección y profesionalidad, me ofrece un café que yo acepto sin haber pedido. Algo aturdido todavía me pongo a leer uno de los libros que tengo sobre la mesa. Echo una mirada a mi alrededor y compruebo la aplicación y el silencio con que trabajan mis vecinos del vagón. Parece una oficina en plena actividad.
Al principio de llegar aquí —pienso— me extrañó y me incomodó esta situación y hacía todo lo que estuviera en mi mano por entrar en contacto con estos pasajeros aplicados y desconocidos: iba varias veces al servicio para provocar una conversación, aunque fuera de monosílabos y gestos, decía lo siento, alto y claro, al pasar, para mover a una cierta forma, instintiva o desesperada, de compasión, sonreía… Todo era inútil porque la mayoría de la gente no entraba en mi juego. Me ignoraban. Al final tenía un cierto regusto de pérdida, de fracaso, de exclusión. Ahora, sin embargo, después de estos ochos años parece que he aprendido la lección. Nada me altera ni me pone nervioso cuando entro al tren. Nadie me saluda, ni me sonríe ni me dice nada y, aunque parezca extraño, esta forma de ignorarme la encuentro llena de respeto hacia mi intimidad y mi vida. Es una sensación indescriptible de pertenencia. Mientras reflexiono, bebo un poco del café que tan amablemente me ha servido el chico del tren. Respiro hondo.
Son las 7.02 y el tren se detiene en la parada de Fredericia. El vagón se vuelve a vaciar y llenar. Se ha subido una chica. Al verla, creo reconocer el rostro de alguien muy cercano: es morena y parece algo más bajita que yo. Ha buscado con nerviosismo su asiento y he descubierto con espanto que iba a sentarse justo a mi lado. He empezado a retirar mi escritorio: el ordenador, los papeles, la agenda, el billete del tren y ella en un inglés deliciosamente equivocado me ha dicho Not is necessary. Por el acento he adivinado su origen. Española —he pensado—. Muchas veces, cuando voy distraído por la calle, juego a ese tipo de adivinanzas, pero he preferido sonreír, decir thank you con la mejor de mis imposturas y continuar leyendo. Corrijo unos textos de alumnos de tercer semestre. Nina, una chica que se pone siempre en la última fila y que jamás dice nada en clase —sospecho que no sabe español— ha escrito el siguiente texto, que ella llama con presunción o ignorancia poema:

«invariablente las cosas le suceden a él al que interroga los libros bajo el flexo él descubre el desamparo del artista y asume su rencor al que besa a mi amante en la buhardilla y consume mi deseo él reconoce la estrategia del placer y delimita mi fracaso qué inutil es mi vida en la que nada pasa pasea todo ante mis ojos rozándome apenas los sentidos esta piel que se eriza ya no es la mía es la de un emocionado que contempla al menos él siente pasiones yo sólo observo su mirada aunque sé que detrás siempre habrá alguien que me odie invariablemente»

El texto, juvenil y poco elaborado, jugando a la experimentación mediante la eliminación de puntuación, una licencia de jóvenes aprendices de escritor, me ha provocado una especie de conmoción, ha removido algo en mi interior, no sé exactamente qué, pero me ha dolido. He pensado en esa forma de existencia del paseante, del observador, del voyeur, del viajero voluntario o forzado, como yo, y por unos segundos he visto la vida escapándoseme por entre mis dedos como si fuera un puñado de agua de mar al que sin éxito intentara apresar. 

Mi vecina, aburrida o temerosa, se ha puesto a curiosear por entre los objetos de mi improvisado despacho. Ha encontrado, para su sorpresa o su alegría, uno de los libros que yo estaba leyendo, La isla de los jacintos cortadosde Torrente Ballester. Ella, como haciendo un gran descubrimiento, me ha dicho ¿español? Y yo, con más desgana que entusiasmo, he asentido. ¿De dónde? —ha continuado—. De Málaga —he dicho casi como un búho—. Uy, y venirse aquí tan lejos y con tanto frío… —y ya se disponía, entusiasmada, a iniciar una conversación que la distrajera hasta su destino probable en Copenhague. Hubiera sido muy agradable, me digo. Y descubro su rostro hermoso y familiar. Sin embargo la he mirado con frialdad, le he sonreído y le he dicho en un tono cortante, desalentador: Perdona, pero me estoy preparando la clase que tengo que dar dentro de una hora. No puedo atenderte.Su cara se ha entristecido, se ha sentido humillada, rechazada. Yo he contenido cierta lástima que supongo debí sentir por ella. He tragado saliva y he mirado nuevamente a mi alrededor: un vagón a esta hora ya atestado de gente con sus ordenadores encendidos y sus teléfonos móviles empezando a sonar. He echado una ojeada rápida, casi furtiva, y me he cruzado con la fugaz mirada del militar y la coreana y, por un instante, brevísimo, casi imperceptible, he sentido que sonreían, que me sonreían, como si sólo ellos hubieran sabido comprender mi decisión.
Luego he vuelto a mis asuntos: he leído de nuevo el poema —o lo que sea— de mi alumna y he anotado en uno de los márgenes, impulsivamente y con tristeza:

«…qué inútil es mi vida en la que nada pasa pasea todo ante mis ojos rozándome apenas los sentidos…»

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